jueves, 3 de junio de 2010

 

 

Capítulo 2

 

 

A la mañana siguiente me levanté de muy buen humor. Me vestí, como habitualmente, y bajé a desayunar unos deliciosos gofres belgas en la cafetería cercana a mi apartamento. Miré mi agenda para ver si tenía algo más que hacer de lo que me habían ordenado la noche anterior. No, no había nada que pudiera distraer mi atención de aquel negocio, tan peliagudo, y a la vez, tan reconfortante.

 

Fui andando hasta aquel antiguo apartamento donde se había instalado Sofía. Aquel día encontré la puerta de abajo abierta. Subí por las escaleras y llamé a su piso. La puerta se abrió y apareció una jovencita rubia, que no era Sofía. Tenía pecas, la nariz afilada y lucía unas gafas algo infantiles. Además, su pelo era de un rubio pajoso, diferente al de Sofía. ¿Donde estaría ella? Me preguntó que quién era. Contesté que lo sentía, que me había equivocado. Dubitativo, fui hasta el piso de enfrente, donde vivía aquella señora tan dicharachera, y pregunté por Sofía. Dijo que ella si estaba allí, que hacía poco que la había visto entrar en el piso. Así que volví a la carga.

Volvió a aparecer aquella jovencita, y esta vez pregunté: “Creo que no me había equivocado. ¿Vive aquí Friedel Crombez? Es para algo importante.”. “¡Claro!”, contestó, “Friedel Crombez soy yo. Las cosas importantes es mejor que las tratemos dentro, así que pase. ” Entré como movido por un resorte, pensando: “Antoine, la has cagado.” Se sentó cómodamente en el sofá donde nos habíamos sentado Sofía y yo. Me miró y me soltó con un tono extraño:

 

                   ¿A qué debo la visita de tan gentil y guapetón caballero?

 

Me quedé bastante desorientado. No me esperaba eso. Había habido un error, eso estaba claro.

 

                   Perdone, señorita. Creo que todo esto ha sido una gran confusión. Creo que si que me he equivocado de persona. ¿Haría el favor de abrirme la puerta? Es un asunto urgente.

                   ¿No creerá que voy a dejarlo escapar así como así no? No se presenta una oportunidad así todos los días. Me merezco una explicación...¿y algo más no? - dijo, mordiéndose el labio inferior ligeramente.

 

Aquello tomaba un cariz algo peligroso. El error no había sido casual. Temía una jugarreta por parte de Sofía. Me puse serio y le dije:

 

                   Por favor, déjeme salir. Es algo muy muy serio, un asunto de estado. Necesito salir.

                   Sal tú mismo, guapo... - dijo amigablemente, aunque saltándose toda la cortesía – ¡Pero vas a tener que buscar la llave! - terminó, meneándose y señalándose a sí misma.

 

“¡Ouch!”, pensé inmediatamente. Encima, ella no tenía ni mucho menos la figura de Sofía, como había visto al entrar para comprobar que no fuera ella realmente. Sí que la había cagado. Se levantó y se me acercó, y fue cuando realmente sentí miedo. En ese momento oí una risa tremenda que provenía del pasillo principal del piso. Supe reconocer aquella risa, aunque nunca la había escuchado tan escandalosa. Era Sofía. La vi aparecer en el salón con las lágrimas saltadas y casi sin poder mantenerse en pie. Monté en cólera, más que nada para aliviar la tensión y el miedo que había sentido.

 

                   ¿¡Se puede saber de qué te ríes!?

                   Jajajajaja... es que ha sido lo más gracioso que he visto en mi vida.... - contestó, terminando de reírse.

                   ¿El qué?

                   ¡Tu cara! Has puesto una cara al final cuando te ha dicho eso...

                   ¿Pero quién se supone que es ella? Pensaba que vivías sola...

 

Sofía comenzó a explicar. Aquella jovencita se llamaba Frida von Krauss, y era hija de una compañera suya de la República Democrática Alemana. Su madre murió a causa de un cáncer, y ella la adoptó, dado que su padre había desaparecido. Su padre era Hektor von Krauss, agente de la RDA. Cuando su madre murió tenía dieciséis años, por lo que pudo apañárselas sola mientras Sofía estaba de misión, y actualmente tenía dieciocho. Iba a entrar a estudiar en la Sorbona, una vez entraran en Occidente. Para ello ya contaba con identidad falsa en Bélgica: Friedel Crombez. Ella era la verdadera Friedel. Pregunté por la situación en la que me había visto, y me contestó que eso sólo había sido una broma que se le había ocurrido ayer, y que había salido mejor de lo esperado. “Una broma un poco pesada.”, pensé, “Poco más y me da algo”.

 

Pasamos a hablar del viaje a París. ¿Cómo lo haríamos? Finalmente decidí que llamaría al Cuartel General, le resumiría el plan, y les propondría llevarlas a ambas como  en un furgón policial hasta París, donde les expondría la situación. Así lo hice, con excelente resultado. A las 7 de la tarde tendríamos un furgón policial en la puerta de mi apartamento.

 

 

Tal y como había dicho Antoine, a las 7 había un furgón policial francés en la puerta de su apartamento. Y en su puerta también se encontraban Sofía, esposada, y Frida, junto a él. Del furgón se bajaron tres policías, uno de ellos un oficial. Antoine contó la situación al oficial, que asintió. “Bueno, ahora os meterá en el furgón.”, dijo Antoine al oído a Sofía, “Yo me encargo de llevar vuestro equipaje. Nos vemos cuando salgáis. Voy a ir escoltando el furgón.” Dicho esto, ella asintió con la cabeza y a un gesto de Antoine los policías las metieron en el furgón. Entonces el furgón arrancó, Antoine se montó en su coche, y comenzaron el camino a París. El viaje duró casi 3 horas, con dos paradas intermedias para que estiraran las piernas. Llegaron a París de noche,  aunque ya se notaba que el verano se venía acercando. Entraron en los garajes del DGSE, y ambos vehículos aparcaron. Entonces los policías sacaron a Sofía y Frida del coche. El grupo, encabezado por Antoine, se dirigió a la puerta que daba al edificio. Había un control básico de identidad y un escáner de rayos X. Antoine se identificó.

 

                   Antonie de Mince, código 31251627. Lo sabes de sobra, Pierre. - dijo Antoine casi riéndose. - Tengo que ver a X. Dile que he llegado. El ya sabe a qué vengo.

                   OK. - contestó el tal Pierre.- Pero los polis también se tienen que identificar.

Se colocó el micrófono cerca de la boca y dijo suavemente: - ¿X? Sí, De Mince ha llegado. ¿Que pase inmediatamente, pero con examen de las detenidas? OK.

                   Ya me he enterado, Pierre. - dijo Antoine, antes de que Pierre le dijera nada. - Pasad detras mía, -dijo a las detenidas-  y vosotros tenéis que identificaros para salir. A partir no necesito que vengáis. Gracias por todo. - dijo a los policias, que se identificaron y despidieron. 

 

 

Las dos pasaron el escáner de rayos X casi sin ningún contratiempo. Solo hubo uno: el maldito pintalabios de Sofía. Cuando lo vi en la imagen me acojoné un poco, recordando la tarde del día anterior, cuando aquel pintalabios me las hizo pasar canutas. También porque pensé que esta vez si podía ser el Beso de la Muerte, y que Sofía quería traicionarme. Afortunadamente, según ella fue un despiste, dado que resultó ser el de siempre, ese rojo ruso que tan bien le quedaba. Que manía tenía de llevar eso siempre encima. Que manía tenía con estar coqueta siempre.

 

 

Tras el escáner nos esperaban dos agentes, que tenía que vendar los ojos a las detenidas, por motivos de seguridad. Cuando Sofía se enteró de esto me miró con una deliciosa mirada de irónico reproche, a lo que le sonreí y le contesté que así era el espionaje. Pero accedieron a vendarse los ojos, y fueron guiadas por los guardias, que las llevaban casi a punta de pistola (debían de pensar que eran muy peligrosas, o es que lo eran). 

 

Avanzamos por un largo pasillo hasta una especie de sala con bastantes ascensores. Tomamos el primero que se abrió, del cual salió un hombre no muy alto, de melena rubia y lisa hasta los hombros y nariz algo extraña, con una chaqueta de cuero y una camiseta de un grupo de rock inidentificado, comiendo un trozo de pizza mientras escuchaba música metal a todo volumen.  Supuse que vendría de la cafetería que teníamos abajo, por eso decidí cogerlo. Entonces me di cuenta: no eran los mismos ascensores antiguos que teníamos, sino unos mucho más modernos, en los que había una pantallita señalando los pisos y la dirección del ascensor. Y al lado de los botones había un pequeño teclado numérico. Ante mi confusa mirada, los agentes que habían subido ya al ascensor me dijeron que había que me identificase en el teclado, y después pulsar el piso deseado. Eso hice, y pulsé la planta 5, donde estaba el despacho del director general. “¡Pobre de mí!” pensé cuando vi que se había marcado más de un boton y aún peor, el ascensor iba hacia abajo. Así, bajamos hasta el tercer sótano, subimos hasta la cafetería (dos plantas más arriba), seguimos subiendo hasta la segunda planta, hasta la quinta, volvimos a bajar a la primera, subimos a la sexta, volvimos a bajar, esta vez hasta el segundo sótano, y subimos del tirón hasta el séptimo, el más alto.  Todo esto a una alta velocidad para ser un ascensor y sin abrirse la puerta un solo momento. Finalmente bajamos hasta el quinto, donde se abrió la puerta. Salimos tambaleándonos del mareo.

 

Me costó orientarme con el maldito mareo, pero al final llegamos a la puerta del despacho del director del DGSE. Allí también había que identificarse, y repetimos el mismo proceso. Se abrió la puerta blindada y entramos en la antesala, una zona estrecha entre las dos puertas. Pulsé el botón cercano a la segunda puerta, y dije en el micrófono: “Soy Antoine de Mince, solicito permiso para entrar. Entraré yo solo primero, y después las rehenes.” La voz del director contestó afirmativamente, la puerta se abrió y entré. Era un despacho amplio y bien iluminado, a pesar de que se encontraba totalmente en el interior del edificio, sin ninguna ventana al exterior, sino muchas cristaleras. En él destacaba una antigua mesa y dos sillones frente a ella, además del que había detrás. También había varias estanterías, macetas, un diván y otros dos sillones, uno en cada pared lateral. Ni siquiera me dio tiempo a sentarme, ya que el se levantó y me dio la mano.

 

                   Encantado de verle. - me dijo.

                   Igualmente, monsieur Fatou. -contesté.- Supongo que se hace una idea...

                   Llámeme X, por favor. - me interrumpió – Debería acordarse de la norma vigente, agente Z. Nada de nombres, solo letras. Razones de seguridad. Aunque no esté conforme con la suya.

                   Perdone, señor X. Sólo decía que supongo que se hace una idea del caso a partir de mi descripción inicial.

                   Bien has supuesto. Sentémonos, le contaré la idea que me he hecho, y usted aprovechará para contarme la real y sacarme de mis posibles errores.

                   En ese caso, creo que podrían entrar las rehenes. Podrían ayudarme a refutar mi historia. Además, no creo que fuera conveniente tenerlas tanto tiempo con los ojos vendados, mi historia da que contar.

                   Tiene razón, Z. Ordenaré que las dejen ver, pero no que entren. Ya podrán refutar su historia más tarde. - y dicho esto ordenó por el micrófono que les quitaran las vendas.

 

Dicho esto, me señaló un sillón con la mano. Nos sentamos ambos, y comencé mi relato.

 

 


domingo, 9 de mayo de 2010

Capítulo uno.

Sofía

Entonces sonó el timbre.

Sofía contestó. Era un tal John Kiedis, su contacto británico, o al menos eso decía. Se asomó cautelosamente al balcón. Justo como lo había previsto, era él. No, no era su contacto, era otra persona que aún esperaba con más ganas. Fue al telefonillo, le abrió, y le dijo que subiera. Escuchó el ruido de la puerta de abajo; y más tarde el del ascensor, el cual la hizo reaccionar. Había estado absorta en sus pensamientos, su plan, todo lo que había tramado y ahora, inesperadamente, debía poner en práctica. Quizás fuera esa la baza del visitante, pensó. Su inesperada llegada. Volvió a asomarse al balcón, de espaldas a la puerta del salón, y suspiró. Antes de que ese suspiro terminara, ya había llegado el visitante. Como hombre educado, él llamó a la puerta entreabierta del piso. Sofía se irritó un poco. “Cosas tan importantes no deberían esperar. Esos modales aristocráticos que tienen para todo....”, pensó como en un susurro. Desde el balcón, sin moverse un ápice, le indicó que pasase al salón y se sentara. Él, siguiendo la voz, supuso cuál era la puerta del salón, y entró sin pensárselo.

Mi sorpresa fue grande cuando entré. Había visto fotos suyas y me la habían descrito varias veces, pero aun así me pareció más atractiva de lo que me imaginaba. Era como la sensación de asistir a un concierto de Sinatra tras haber escuchado sus discos con devoción. “No estamos para esas cosas.”, pensé, “Ahora tengo que interpretar mi papel lo mejor posible”. Saludé y me presenté. Se dio la vuelta, y me soltó: “Encantada. Aunque lo estaría más si hubieras llegado a tiempo. No me esperaba esto de un británico”. Hablaba inglés fluidamente, casi sin acento. Me dijo que me sentara, cosa que no me negué a hacer en vista de su carácter. Fue a la cocina, o eso supuse, ya que trajo café y pasteles. Los dejó en la mesa y recogió su largo y rubio pelo en una cola.

Supongo que como anfitriona he de ofrecerte algo, y que querrás algo de café, aunque haga calorcillo fuera.- me preguntó.

Te lo agradezco. Sí, es justo lo que me apetecía.

Bueno, entonces todo en paz. Tienes muchas cosas que contarme, John....

Sí. Bastantes cosas. ¿Prefieres que empecemos por alguna en particular? Te puedo dar información en general, nombres, planes del gobierno, del MI6, o incluso de esos egocéntricos americanos.- dije mientras bebía el café a sorbos.

Me gustaría empezar sabiendo por qué vienes a mi casa haciéndote pasar por un espía británico que murió hace tres semanas en acto de servicio. También por qué me ofreces toda esa información que ni tú mismo sabes totalmente y que estás obligado a guardar a toda costa, Antoine. ¿Crees que no sé quien eres, por muy poco que lleves en la DGSE, y sin haber salido nunca de sus oficinas?

Creo que te equivocas de persona, y soy John Kiedis. Se dijo que había muerto, pero conseguí escapar de China. Volví hace algunos días. El MI6 sigue dándome por muerto, pues nadie sabe que estoy aquí.

Yo misma vi el cadáver de John Kiedis. Además, por mucho que te parezcas a él, se diferenciaros a los dos, más de lo que tu crees. Sabía perfectamente que eras tú cuando llamaste, monsieur De Mince.

Dicho esto se levantó y se me acercó, sacando de su bolsillo una barra de labios. Mis peores temores se confirmaron cuando la abrió y rápidamente me la acercó a la sien. El Beso de la Muerte. Nunca hubiera esperado que las cosas se pusieran tan crudas, y menos en tan poco tiempo. Me quedé petrificado. Estando en ese estado, aquella mujer me metió la mano en el bolsillo y sacó mi cartera, con la documentación falsa. Acto seguido siguió buscando en el bolsillo, y encontró el doble fondo donde estaba guardado mi busca. Sí, mi busca real, el del servicio secreto francés.

¿Y ahora? ¿Vas a seguir mintiéndome? Cuéntame como me has encontrado, y qué haces aquí. Y ten en cuenta que estás obligado a callarte todo el plan.

Pero....- dije estupefacto - ¿Entonces no te interesa saber cuál es mi misión?

Sí que me interesa, - respondió sonriendo maliciosamente - pero eso puede esperar. Empieza contándome como has llegado aquí.

Sin dejar de apuntarme a la cabeza, se sentó al lado mía en el sofá con un movimiento grácil y me pasó la mano por los hombros, como si fuéramos buenos amigos o algo más.

Empecé a contar. Había llegado a Bruselas desde París, hacía tres días, y era mi primera misión importante como espía francés. No me habían informado de mi misión, sólo me habían dado unos datos sobre alguien a quien debía encontrar. Era una mujer joven cuyo nombre era Friedel Crombez, que había llegado hacía poco a la ciudad. En una tarde conseguí encontrarla, más que nada porque encontré una carta a su nombre en la calle, al lado de un buzón. Vivía unos cincuenta metros calle abajo, en la segunda planta de un edificio antiguo. Llamé al timbre y nadie contestó, así que llamé al timbre del piso de al lado. Contestó una mujer mayor, gracias a la cual supe que había dado con quien estaba buscando, porque me pareció ser bastante cotilla. Me abrió y dejé la carta en el buzón. En seguida volví a mi apartamento, desde donde informé al cuartel general, que me asignó el siguiente paso de la misión. Me dieron los datos de un ex-agente inglés, por el que debía hacerme pasar, y fingir ser un traidor e intentar filtrar información falsa a esa tal Friedel. Obviamente, ésa era una identidad falsa. La persona con la que tenía que hablar era Sofía Soboleva, agente del KGB e hija del eminente matemático Sergei Sobolev. Esa mujer fatal que estaba sentada al lado mía apuntándome a la cabeza, y aun así escuchaba mi historia tranquilamente.

Interesante historia.- comentó Sofía - No difiere mucho de lo que me habían comentado que pasaría. En el KGB me habían advertido de ese tipo de maniobra por parte de los capitalistas. Cuando mi vecina me contó que había venido dos veces el mismo hombre a entregar una carta, observé que una de ellas no tenía sello. Ésa era la tuya, haciéndote pasar por un traidor, por lo que supuse que el hombre que había venido a entregarlas era el espía que me buscaba. Le pedí a mi vecina que te describiera, y creo que ya sabes lo observadora que es.... Si no hubiera estado presente en la muerte de John Kiedis, por la descripción hubiera pensado que eras él. Pero no hubo lugar a confusión, dados mis vastos conocimientos sobre todos los agentes occidentales. Eras tú.

Casi no me había acordado del Beso de la Muerte que había tenido puesto en la sien en todo este tiempo. Miré de reojo aquel artilugio, una pistola de un solo tiro encerrada en un pintalabios, y me puse algo más nervioso. Era mi primera misión como espía, y al tercer día de ésta había acabado así, en aquel estado tan vulnerable. Era penoso. Ella notó mi impotencia y nerviosismo, y se rió. Fue una risa curiosa: sonaba completamente como la risa de una niña inocente, mas mi mente la interpretó como maliciosa y cruel, dada la situación. Nunca sabré a ciencia cierta qué quería decir con esa risa.

Es ridículo. - admití un poco después - En mi primera misión he fracasado, y al tercer día de ella solamente. Creo que mi fama de joven promesa en el DGSE hizo que confiaran demasiado en mí, que por lo visto sirvo menos para esto de lo que pensaba. Soy bueno dirigiendo misiones ajenas, pero no puedo ni llevar bien la mía. Ya me he hartado de tanta Guerra Fría, tanto secretismo y tanto esfuerzo innecesario del Este y el Oeste para parecer más potentes que el otro.

A mí también me parece una tontería, pero hasta ahora me he comprometido con mi país. Los soldados, y los espías, no deben involucrar sus opiniones en la misión. Sólo deben creer en ella. - afirmó Sofía - Pero no deberías ser tan pesimista. Quizás tu misión no ha fracasado como crees.

En ese instante se levantó. La mano que sostenía el Beso de la Muerte se separó de mi cabeza. Rápidamente se giró hacia el espejo que había a la izquierda del sofá abriendo la barra de labios. Me maldije a mí mismo cuando vi aparecer el pintalabios de la barra, con el que Sofía se pintó los labios. Unos labios rojos, tan rojos como el espíritu comunista y la bandera soviética por los que luchaba. Me quedé absorto unos instantes, pero después suspiré aliviado. Esos instantes, Sofía había estado mirándose al espejo, y creo que mi suspiro la devolvió a la situación. Se volvió a sentar a mi lado, con la misma agilidad y energía que antes. Yo seguía igual de confuso.

Bueno.- dijo en un tono muy relajado y tierno - Supongo que ahora estás más tranquilo, aunque no lo parece, por la cara que pones. Creo que necesitas una buena explicación.

Yo también lo creo. Primero un susto de muerte y ahora aquí hablando tan coqueta conmigo.

Qué menos.

Lo de antes fue simplemente una estratagema para que me contaras cómo me habías encontrado. Sabía perfectamente que hablarías por los codos bajo amenaza de muerte, como agente novato que eres. De manera simple, mi plan es desertar de la URSS. Quiero hacer una vida nueva en algún lugar de Occidente. Nada más de espionaje. Pero antes necesitaré enfrentarme y probarme a las autoridades, y necesitaré tu apoyo y protección. Así que volveré contigo a París, porque aunque esté físicamente en este lado del Telón de Acero, no lo estoy realmente. A partir de ahora, solo cumpliré la verdadera misión: mi propia vida. Ésa es la más importante para el individuo, en mi opinión. No espero que lo entiendas, es simplemente algo muy complicado, hasta para un inteligente espía como tú.

Bueno, hasta ahora no parecía que lo fuera, pero le has dado un giro a mi misión. - comenté bastante sorprendido.

Espero que te ayude, y espero también dárselo a tu vida. Eres la única persona occidental que voy a conocer cuando llegue, y espero poder ganarme tu confianza y amistad en mi nueva vida.

Cuenta conmigo. No en vano, me has dado nuevas ideas sobre las que reflexionar, y que pueden abrirme muchas más posibilidades, y encontrar esa satisfacción que no encuentro.

Ambos acordamos llamarnos al día siguiente, para concretar la vuelta a París y todo lo necesario. Yo, a pesar de mis palabras, seguía dudando de si confiar o no en ella. Bueno, ya pensaría sobre ello aquella noche. No se puede confiar en las palabras de un espía, así que lo que me hacía desconfiar de ella también me daba la razón para mentirle en ese caso.. Ella debería saberlo de sobra. Especialmente en caso de que estuviera mintiendo. Me levanté del sofá, y me quedé pensativo unos instantes. Sin explicación, veía toda mi vida pasada vacía de contenido, dirigiendo tramas secretas en una Guerra Fría que se hacía ya demasiado larga y absurda, hasta para mí que había empezado a vivirla de cerca. Como Sofía había dicho, mi verdadera misión es mi vida. “A mis treinta años, todavía me queda mucha vida por delante.”, pensé, “A mí y a ella”. Sofía tampoco debía llevar mucho en el KGB, aunque se notaba que estaba bien entrenada y que tenía algo de experiencia, dado que era joven. Incluso más que yo, podría decirse.

En ese momento ella se levantó, y yo, como accionado por un resorte, fui hacia la puerta. Ella me siguió. Cuando me despedí y estaba abriendo la puerta para irme me dijo: “Espera.”. Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla con aquellos labios tan rojos, pintados por aquel pintalabios que pareció significar mi fin. Un beso de aquella mujer que podría representar mi salvación o mi perdición. Aquel si que podría llamarse el beso de la muerte. Se despidió de mí con una sonrisa, que devolví de buena gana. Bajé las escaleras y salí del edificio rumbo a mi apartamento.

De esa manera salió Antoine de Mince, en busca de su misión, su vida. Mañana sería otro día, pero otro día de una vida diferente. Sofía volvió a asomarse al balcón, y vió como antes de alejarse andando, aquel hombre que representaba su futuro se paraba a mirar hacia arriba. A mirar hacia aquella mujer que lo había conducido a otro camino, que había cambiado su vida y prometía nuevas cosas. A mirar a Sofía.