Sofía
Entonces sonó el timbre.
Sofía contestó. Era un tal John Kiedis, su contacto británico, o al menos eso decía. Se asomó cautelosamente al balcón. Justo como lo había previsto, era él. No, no era su contacto, era otra persona que aún esperaba con más ganas. Fue al telefonillo, le abrió, y le dijo que subiera. Escuchó el ruido de la puerta de abajo; y más tarde el del ascensor, el cual la hizo reaccionar. Había estado absorta en sus pensamientos, su plan, todo lo que había tramado y ahora, inesperadamente, debía poner en práctica. Quizás fuera esa la baza del visitante, pensó. Su inesperada llegada. Volvió a asomarse al balcón, de espaldas a la puerta del salón, y suspiró. Antes de que ese suspiro terminara, ya había llegado el visitante. Como hombre educado, él llamó a la puerta entreabierta del piso. Sofía se irritó un poco. “Cosas tan importantes no deberían esperar. Esos modales aristocráticos que tienen para todo....”, pensó como en un susurro. Desde el balcón, sin moverse un ápice, le indicó que pasase al salón y se sentara. Él, siguiendo la voz, supuso cuál era la puerta del salón, y entró sin pensárselo.
Mi sorpresa fue grande cuando entré. Había visto fotos suyas y me la habían descrito varias veces, pero aun así me pareció más atractiva de lo que me imaginaba. Era como la sensación de asistir a un concierto de Sinatra tras haber escuchado sus discos con devoción. “No estamos para esas cosas.”, pensé, “Ahora tengo que interpretar mi papel lo mejor posible”. Saludé y me presenté. Se dio la vuelta, y me soltó: “Encantada. Aunque lo estaría más si hubieras llegado a tiempo. No me esperaba esto de un británico”. Hablaba inglés fluidamente, casi sin acento. Me dijo que me sentara, cosa que no me negué a hacer en vista de su carácter. Fue a la cocina, o eso supuse, ya que trajo café y pasteles. Los dejó en la mesa y recogió su largo y rubio pelo en una cola.
– Supongo que como anfitriona he de ofrecerte algo, y que querrás algo de café, aunque haga calorcillo fuera.- me preguntó.
– Te lo agradezco. Sí, es justo lo que me apetecía.
– Bueno, entonces todo en paz. Tienes muchas cosas que contarme, John....
– Sí. Bastantes cosas. ¿Prefieres que empecemos por alguna en particular? Te puedo dar información en general, nombres, planes del gobierno, del MI6, o incluso de esos egocéntricos americanos.- dije mientras bebía el café a sorbos.
– Me gustaría empezar sabiendo por qué vienes a mi casa haciéndote pasar por un espía británico que murió hace tres semanas en acto de servicio. También por qué me ofreces toda esa información que ni tú mismo sabes totalmente y que estás obligado a guardar a toda costa, Antoine. ¿Crees que no sé quien eres, por muy poco que lleves en la DGSE, y sin haber salido nunca de sus oficinas?
– Creo que te equivocas de persona, y soy John Kiedis. Se dijo que había muerto, pero conseguí escapar de China. Volví hace algunos días. El MI6 sigue dándome por muerto, pues nadie sabe que estoy aquí.
– Yo misma vi el cadáver de John Kiedis. Además, por mucho que te parezcas a él, se diferenciaros a los dos, más de lo que tu crees. Sabía perfectamente que eras tú cuando llamaste, monsieur De Mince.
Dicho esto se levantó y se me acercó, sacando de su bolsillo una barra de labios. Mis peores temores se confirmaron cuando la abrió y rápidamente me la acercó a la sien. El Beso de la Muerte. Nunca hubiera esperado que las cosas se pusieran tan crudas, y menos en tan poco tiempo. Me quedé petrificado. Estando en ese estado, aquella mujer me metió la mano en el bolsillo y sacó mi cartera, con la documentación falsa. Acto seguido siguió buscando en el bolsillo, y encontró el doble fondo donde estaba guardado mi busca. Sí, mi busca real, el del servicio secreto francés.
– ¿Y ahora? ¿Vas a seguir mintiéndome? Cuéntame como me has encontrado, y qué haces aquí. Y ten en cuenta que estás obligado a callarte todo el plan.
– Pero....- dije estupefacto - ¿Entonces no te interesa saber cuál es mi misión?
– Sí que me interesa, - respondió sonriendo maliciosamente - pero eso puede esperar. Empieza contándome como has llegado aquí.
Sin dejar de apuntarme a la cabeza, se sentó al lado mía en el sofá con un movimiento grácil y me pasó la mano por los hombros, como si fuéramos buenos amigos o algo más.
Empecé a contar. Había llegado a Bruselas desde París, hacía tres días, y era mi primera misión importante como espía francés. No me habían informado de mi misión, sólo me habían dado unos datos sobre alguien a quien debía encontrar. Era una mujer joven cuyo nombre era Friedel Crombez, que había llegado hacía poco a la ciudad. En una tarde conseguí encontrarla, más que nada porque encontré una carta a su nombre en la calle, al lado de un buzón. Vivía unos cincuenta metros calle abajo, en la segunda planta de un edificio antiguo. Llamé al timbre y nadie contestó, así que llamé al timbre del piso de al lado. Contestó una mujer mayor, gracias a la cual supe que había dado con quien estaba buscando, porque me pareció ser bastante cotilla. Me abrió y dejé la carta en el buzón. En seguida volví a mi apartamento, desde donde informé al cuartel general, que me asignó el siguiente paso de la misión. Me dieron los datos de un ex-agente inglés, por el que debía hacerme pasar, y fingir ser un traidor e intentar filtrar información falsa a esa tal Friedel. Obviamente, ésa era una identidad falsa. La persona con la que tenía que hablar era Sofía Soboleva, agente del KGB e hija del eminente matemático Sergei Sobolev. Esa mujer fatal que estaba sentada al lado mía apuntándome a la cabeza, y aun así escuchaba mi historia tranquilamente.
– Interesante historia.- comentó Sofía - No difiere mucho de lo que me habían comentado que pasaría. En el KGB me habían advertido de ese tipo de maniobra por parte de los capitalistas. Cuando mi vecina me contó que había venido dos veces el mismo hombre a entregar una carta, observé que una de ellas no tenía sello. Ésa era la tuya, haciéndote pasar por un traidor, por lo que supuse que el hombre que había venido a entregarlas era el espía que me buscaba. Le pedí a mi vecina que te describiera, y creo que ya sabes lo observadora que es.... Si no hubiera estado presente en la muerte de John Kiedis, por la descripción hubiera pensado que eras él. Pero no hubo lugar a confusión, dados mis vastos conocimientos sobre todos los agentes occidentales. Eras tú.
Casi no me había acordado del Beso de la Muerte que había tenido puesto en la sien en todo este tiempo. Miré de reojo aquel artilugio, una pistola de un solo tiro encerrada en un pintalabios, y me puse algo más nervioso. Era mi primera misión como espía, y al tercer día de ésta había acabado así, en aquel estado tan vulnerable. Era penoso. Ella notó mi impotencia y nerviosismo, y se rió. Fue una risa curiosa: sonaba completamente como la risa de una niña inocente, mas mi mente la interpretó como maliciosa y cruel, dada la situación. Nunca sabré a ciencia cierta qué quería decir con esa risa.
– Es ridículo. - admití un poco después - En mi primera misión he fracasado, y al tercer día de ella solamente. Creo que mi fama de joven promesa en el DGSE hizo que confiaran demasiado en mí, que por lo visto sirvo menos para esto de lo que pensaba. Soy bueno dirigiendo misiones ajenas, pero no puedo ni llevar bien la mía. Ya me he hartado de tanta Guerra Fría, tanto secretismo y tanto esfuerzo innecesario del Este y el Oeste para parecer más potentes que el otro.
– A mí también me parece una tontería, pero hasta ahora me he comprometido con mi país. Los soldados, y los espías, no deben involucrar sus opiniones en la misión. Sólo deben creer en ella. - afirmó Sofía - Pero no deberías ser tan pesimista. Quizás tu misión no ha fracasado como crees.
En ese instante se levantó. La mano que sostenía el Beso de la Muerte se separó de mi cabeza. Rápidamente se giró hacia el espejo que había a la izquierda del sofá abriendo la barra de labios. Me maldije a mí mismo cuando vi aparecer el pintalabios de la barra, con el que Sofía se pintó los labios. Unos labios rojos, tan rojos como el espíritu comunista y la bandera soviética por los que luchaba. Me quedé absorto unos instantes, pero después suspiré aliviado. Esos instantes, Sofía había estado mirándose al espejo, y creo que mi suspiro la devolvió a la situación. Se volvió a sentar a mi lado, con la misma agilidad y energía que antes. Yo seguía igual de confuso.
– Bueno.- dijo en un tono muy relajado y tierno - Supongo que ahora estás más tranquilo, aunque no lo parece, por la cara que pones. Creo que necesitas una buena explicación.
– Yo también lo creo. Primero un susto de muerte y ahora aquí hablando tan coqueta conmigo.
Qué menos.
– Lo de antes fue simplemente una estratagema para que me contaras cómo me habías encontrado. Sabía perfectamente que hablarías por los codos bajo amenaza de muerte, como agente novato que eres. De manera simple, mi plan es desertar de la URSS. Quiero hacer una vida nueva en algún lugar de Occidente. Nada más de espionaje. Pero antes necesitaré enfrentarme y probarme a las autoridades, y necesitaré tu apoyo y protección. Así que volveré contigo a París, porque aunque esté físicamente en este lado del Telón de Acero, no lo estoy realmente. A partir de ahora, solo cumpliré la verdadera misión: mi propia vida. Ésa es la más importante para el individuo, en mi opinión. No espero que lo entiendas, es simplemente algo muy complicado, hasta para un inteligente espía como tú.
– Bueno, hasta ahora no parecía que lo fuera, pero le has dado un giro a mi misión. - comenté bastante sorprendido.
– Espero que te ayude, y espero también dárselo a tu vida. Eres la única persona occidental que voy a conocer cuando llegue, y espero poder ganarme tu confianza y amistad en mi nueva vida.
– Cuenta conmigo. No en vano, me has dado nuevas ideas sobre las que reflexionar, y que pueden abrirme muchas más posibilidades, y encontrar esa satisfacción que no encuentro.
Ambos acordamos llamarnos al día siguiente, para concretar la vuelta a París y todo lo necesario. Yo, a pesar de mis palabras, seguía dudando de si confiar o no en ella. Bueno, ya pensaría sobre ello aquella noche. No se puede confiar en las palabras de un espía, así que lo que me hacía desconfiar de ella también me daba la razón para mentirle en ese caso.. Ella debería saberlo de sobra. Especialmente en caso de que estuviera mintiendo. Me levanté del sofá, y me quedé pensativo unos instantes. Sin explicación, veía toda mi vida pasada vacía de contenido, dirigiendo tramas secretas en una Guerra Fría que se hacía ya demasiado larga y absurda, hasta para mí que había empezado a vivirla de cerca. Como Sofía había dicho, mi verdadera misión es mi vida. “A mis treinta años, todavía me queda mucha vida por delante.”, pensé, “A mí y a ella”. Sofía tampoco debía llevar mucho en el KGB, aunque se notaba que estaba bien entrenada y que tenía algo de experiencia, dado que era joven. Incluso más que yo, podría decirse.
En ese momento ella se levantó, y yo, como accionado por un resorte, fui hacia la puerta. Ella me siguió. Cuando me despedí y estaba abriendo la puerta para irme me dijo: “Espera.”. Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla con aquellos labios tan rojos, pintados por aquel pintalabios que pareció significar mi fin. Un beso de aquella mujer que podría representar mi salvación o mi perdición. Aquel si que podría llamarse el beso de la muerte. Se despidió de mí con una sonrisa, que devolví de buena gana. Bajé las escaleras y salí del edificio rumbo a mi apartamento.
De esa manera salió Antoine de Mince, en busca de su misión, su vida. Mañana sería otro día, pero otro día de una vida diferente. Sofía volvió a asomarse al balcón, y vió como antes de alejarse andando, aquel hombre que representaba su futuro se paraba a mirar hacia arriba. A mirar hacia aquella mujer que lo había conducido a otro camino, que había cambiado su vida y prometía nuevas cosas. A mirar a Sofía.
