Capítulo 2
A la mañana siguiente me levanté de muy buen humor. Me vestí, como habitualmente, y bajé a desayunar unos deliciosos gofres belgas en la cafetería cercana a mi apartamento. Miré mi agenda para ver si tenía algo más que hacer de lo que me habían ordenado la noche anterior. No, no había nada que pudiera distraer mi atención de aquel negocio, tan peliagudo, y a la vez, tan reconfortante.
Fui andando hasta aquel antiguo apartamento donde se había instalado Sofía. Aquel día encontré la puerta de abajo abierta. Subí por las escaleras y llamé a su piso. La puerta se abrió y apareció una jovencita rubia, que no era Sofía. Tenía pecas, la nariz afilada y lucía unas gafas algo infantiles. Además, su pelo era de un rubio pajoso, diferente al de Sofía. ¿Donde estaría ella? Me preguntó que quién era. Contesté que lo sentía, que me había equivocado. Dubitativo, fui hasta el piso de enfrente, donde vivía aquella señora tan dicharachera, y pregunté por Sofía. Dijo que ella si estaba allí, que hacía poco que la había visto entrar en el piso. Así que volví a la carga.
Volvió a aparecer aquella jovencita, y esta vez pregunté: “Creo que no me había equivocado. ¿Vive aquí Friedel Crombez? Es para algo importante.”. “¡Claro!”, contestó, “Friedel Crombez soy yo. Las cosas importantes es mejor que las tratemos dentro, así que pase. ” Entré como movido por un resorte, pensando: “Antoine, la has cagado.” Se sentó cómodamente en el sofá donde nos habíamos sentado Sofía y yo. Me miró y me soltó con un tono extraño:
– ¿A qué debo la visita de tan gentil y guapetón caballero?
Me quedé bastante desorientado. No me esperaba eso. Había habido un error, eso estaba claro.
– Perdone, señorita. Creo que todo esto ha sido una gran confusión. Creo que si que me he equivocado de persona. ¿Haría el favor de abrirme la puerta? Es un asunto urgente.
– ¿No creerá que voy a dejarlo escapar así como así no? No se presenta una oportunidad así todos los días. Me merezco una explicación...¿y algo más no? - dijo, mordiéndose el labio inferior ligeramente.
Aquello tomaba un cariz algo peligroso. El error no había sido casual. Temía una jugarreta por parte de Sofía. Me puse serio y le dije:
– Por favor, déjeme salir. Es algo muy muy serio, un asunto de estado. Necesito salir.
– Sal tú mismo, guapo... - dijo amigablemente, aunque saltándose toda la cortesía – ¡Pero vas a tener que buscar la llave! - terminó, meneándose y señalándose a sí misma.
“¡Ouch!”, pensé inmediatamente. Encima, ella no tenía ni mucho menos la figura de Sofía, como había visto al entrar para comprobar que no fuera ella realmente. Sí que la había cagado. Se levantó y se me acercó, y fue cuando realmente sentí miedo. En ese momento oí una risa tremenda que provenía del pasillo principal del piso. Supe reconocer aquella risa, aunque nunca la había escuchado tan escandalosa. Era Sofía. La vi aparecer en el salón con las lágrimas saltadas y casi sin poder mantenerse en pie. Monté en cólera, más que nada para aliviar la tensión y el miedo que había sentido.
– ¿¡Se puede saber de qué te ríes!?
– Jajajajaja... es que ha sido lo más gracioso que he visto en mi vida.... - contestó, terminando de reírse.
– ¿El qué?
– ¡Tu cara! Has puesto una cara al final cuando te ha dicho eso...
– ¿Pero quién se supone que es ella? Pensaba que vivías sola...
Sofía comenzó a explicar. Aquella jovencita se llamaba Frida von Krauss, y era hija de una compañera suya de la República Democrática Alemana. Su madre murió a causa de un cáncer, y ella la adoptó, dado que su padre había desaparecido. Su padre era Hektor von Krauss, agente de la RDA. Cuando su madre murió tenía dieciséis años, por lo que pudo apañárselas sola mientras Sofía estaba de misión, y actualmente tenía dieciocho. Iba a entrar a estudiar en la Sorbona, una vez entraran en Occidente. Para ello ya contaba con identidad falsa en Bélgica: Friedel Crombez. Ella era la verdadera Friedel. Pregunté por la situación en la que me había visto, y me contestó que eso sólo había sido una broma que se le había ocurrido ayer, y que había salido mejor de lo esperado. “Una broma un poco pesada.”, pensé, “Poco más y me da algo”.
Pasamos a hablar del viaje a París. ¿Cómo lo haríamos? Finalmente decidí que llamaría al Cuartel General, le resumiría el plan, y les propondría llevarlas a ambas como en un furgón policial hasta París, donde les expondría la situación. Así lo hice, con excelente resultado. A las 7 de la tarde tendríamos un furgón policial en la puerta de mi apartamento.
Tal y como había dicho Antoine, a las 7 había un furgón policial francés en la puerta de su apartamento. Y en su puerta también se encontraban Sofía, esposada, y Frida, junto a él. Del furgón se bajaron tres policías, uno de ellos un oficial. Antoine contó la situación al oficial, que asintió. “Bueno, ahora os meterá en el furgón.”, dijo Antoine al oído a Sofía, “Yo me encargo de llevar vuestro equipaje. Nos vemos cuando salgáis. Voy a ir escoltando el furgón.” Dicho esto, ella asintió con la cabeza y a un gesto de Antoine los policías las metieron en el furgón. Entonces el furgón arrancó, Antoine se montó en su coche, y comenzaron el camino a París. El viaje duró casi 3 horas, con dos paradas intermedias para que estiraran las piernas. Llegaron a París de noche, aunque ya se notaba que el verano se venía acercando. Entraron en los garajes del DGSE, y ambos vehículos aparcaron. Entonces los policías sacaron a Sofía y Frida del coche. El grupo, encabezado por Antoine, se dirigió a la puerta que daba al edificio. Había un control básico de identidad y un escáner de rayos X. Antoine se identificó.
– Antonie de Mince, código 31251627. Lo sabes de sobra, Pierre. - dijo Antoine casi riéndose. - Tengo que ver a X. Dile que he llegado. El ya sabe a qué vengo.
– OK. - contestó el tal Pierre.- Pero los polis también se tienen que identificar.
Se colocó el micrófono cerca de la boca y dijo suavemente: - ¿X? Sí, De Mince ha llegado. ¿Que pase inmediatamente, pero con examen de las detenidas? OK.
– Ya me he enterado, Pierre. - dijo Antoine, antes de que Pierre le dijera nada. - Pasad detras mía, -dijo a las detenidas- y vosotros tenéis que identificaros para salir. A partir no necesito que vengáis. Gracias por todo. - dijo a los policias, que se identificaron y despidieron.
Las dos pasaron el escáner de rayos X casi sin ningún contratiempo. Solo hubo uno: el maldito pintalabios de Sofía. Cuando lo vi en la imagen me acojoné un poco, recordando la tarde del día anterior, cuando aquel pintalabios me las hizo pasar canutas. También porque pensé que esta vez si podía ser el Beso de la Muerte, y que Sofía quería traicionarme. Afortunadamente, según ella fue un despiste, dado que resultó ser el de siempre, ese rojo ruso que tan bien le quedaba. Que manía tenía de llevar eso siempre encima. Que manía tenía con estar coqueta siempre.
Tras el escáner nos esperaban dos agentes, que tenía que vendar los ojos a las detenidas, por motivos de seguridad. Cuando Sofía se enteró de esto me miró con una deliciosa mirada de irónico reproche, a lo que le sonreí y le contesté que así era el espionaje. Pero accedieron a vendarse los ojos, y fueron guiadas por los guardias, que las llevaban casi a punta de pistola (debían de pensar que eran muy peligrosas, o es que lo eran).
Avanzamos por un largo pasillo hasta una especie de sala con bastantes ascensores. Tomamos el primero que se abrió, del cual salió un hombre no muy alto, de melena rubia y lisa hasta los hombros y nariz algo extraña, con una chaqueta de cuero y una camiseta de un grupo de rock inidentificado, comiendo un trozo de pizza mientras escuchaba música metal a todo volumen. Supuse que vendría de la cafetería que teníamos abajo, por eso decidí cogerlo. Entonces me di cuenta: no eran los mismos ascensores antiguos que teníamos, sino unos mucho más modernos, en los que había una pantallita señalando los pisos y la dirección del ascensor. Y al lado de los botones había un pequeño teclado numérico. Ante mi confusa mirada, los agentes que habían subido ya al ascensor me dijeron que había que me identificase en el teclado, y después pulsar el piso deseado. Eso hice, y pulsé la planta 5, donde estaba el despacho del director general. “¡Pobre de mí!” pensé cuando vi que se había marcado más de un boton y aún peor, el ascensor iba hacia abajo. Así, bajamos hasta el tercer sótano, subimos hasta la cafetería (dos plantas más arriba), seguimos subiendo hasta la segunda planta, hasta la quinta, volvimos a bajar a la primera, subimos a la sexta, volvimos a bajar, esta vez hasta el segundo sótano, y subimos del tirón hasta el séptimo, el más alto. Todo esto a una alta velocidad para ser un ascensor y sin abrirse la puerta un solo momento. Finalmente bajamos hasta el quinto, donde se abrió la puerta. Salimos tambaleándonos del mareo.
Me costó orientarme con el maldito mareo, pero al final llegamos a la puerta del despacho del director del DGSE. Allí también había que identificarse, y repetimos el mismo proceso. Se abrió la puerta blindada y entramos en la antesala, una zona estrecha entre las dos puertas. Pulsé el botón cercano a la segunda puerta, y dije en el micrófono: “Soy Antoine de Mince, solicito permiso para entrar. Entraré yo solo primero, y después las rehenes.” La voz del director contestó afirmativamente, la puerta se abrió y entré. Era un despacho amplio y bien iluminado, a pesar de que se encontraba totalmente en el interior del edificio, sin ninguna ventana al exterior, sino muchas cristaleras. En él destacaba una antigua mesa y dos sillones frente a ella, además del que había detrás. También había varias estanterías, macetas, un diván y otros dos sillones, uno en cada pared lateral. Ni siquiera me dio tiempo a sentarme, ya que el se levantó y me dio la mano.
– Encantado de verle. - me dijo.
– Igualmente, monsieur Fatou. -contesté.- Supongo que se hace una idea...
– Llámeme X, por favor. - me interrumpió – Debería acordarse de la norma vigente, agente Z. Nada de nombres, solo letras. Razones de seguridad. Aunque no esté conforme con la suya.
– Perdone, señor X. Sólo decía que supongo que se hace una idea del caso a partir de mi descripción inicial.
– Bien has supuesto. Sentémonos, le contaré la idea que me he hecho, y usted aprovechará para contarme la real y sacarme de mis posibles errores.
– En ese caso, creo que podrían entrar las rehenes. Podrían ayudarme a refutar mi historia. Además, no creo que fuera conveniente tenerlas tanto tiempo con los ojos vendados, mi historia da que contar.
– Tiene razón, Z. Ordenaré que las dejen ver, pero no que entren. Ya podrán refutar su historia más tarde. - y dicho esto ordenó por el micrófono que les quitaran las vendas.
Dicho esto, me señaló un sillón con la mano. Nos sentamos ambos, y comencé mi relato.

Jaja, muy bueno pako: "agente Z". EScribe cuando puedas el siguiente.
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